Cuando escuché el diagnóstico por primera vez, no me di cuenta de lo grave que era. Ya había pasado por tanto que mi yo optimista, alegre y resistente eligió minimizar su importancia.
Recuerdo al ángel que apareció en forma de un querido amigo, acompañándome ese día. Pude ver preocupación en su cara, una preocupación que aún no entendía completamente. Han pasado algunos años desde entonces, y he enfrentado mi enfermedad con la misma determinación y esperanza.
El doctor me dijo que afecta a una de cada veinte mil personas, como si esa rareza lo hiciera algo especial. Fue entonces cuando empecé a pintar corazones. Corazones de los que emergen arterias, venas, arteriolas, vénulas y delicados capilares, extendiéndose hacia fuera como raíces o hilos de la vida. Pequeños vasos que viajan a través de los confines más lejanos de nuestros cuerpos, llevando memoria, oxígeno y tiempo.
Para alguien como yo, que vive con vasculitis, estas formas se han convertido en una forma de pausar. Me recuerdan que sigo aquí, que estoy viva. Cada pincelada es también un acto de gratitud, un agradecimiento silencioso por cada latido, cada día, y por la extraordinaria red de vida que existe debajo de nuestra piel. Arte disponible por Rosy Peraza Estudio de arte colaborativo.