Paraderos turísticos cerrados: el silencio de los críticos con la 4T

Cultura 2 min de lectura Mérida, Yucatán

Durante seis años, el sector turístico de Yucatán vivió en un estado de indignación permanente contra Michelle Fridman, secretaria que no había nacido en la región y cometió dos supuestos «pecados imperdonables»: no ser yucateco y entregar resultados que cerraban bocas estadísticas. Los números son fríos y no saben de regionalismos: bajo su gestión, la derrama económica creció 82.4% y el Aeropuerto de Mérida superó 3.7 millones de pasajeros, mientras el resto de México pataleaba en el fango post-pandemia. Yucatán corría a 17.1% por encima de sus niveles previos.

Se crearon las «Aldeas Mayas», se descentralizó el turismo. Nada importaba. El desayuno, almuerzo y cena de los «dueños» del sector era la crítica por el origen foráneo de la funcionaria, su estilo vertical y sus polémicas en redes sociales. El reclamo era unánime: «queremos a uno de los nuestros».

Se les cumplió el deseo. Hoy el «tripié» del turismo está en manos yucatecas: Darío Flota Ocampo en la secretaría, David Escalante Lombard en CULTUR y Raúl Paz Noriega en la subsecretaría. Nombres conocidos, acentos familiares. Sin embargo, en este supuesto «Renacimiento Maya» de la 4T, el silencio de los antes críticos es ensordecedor.

¿Dónde están los empresarios que escudriñaban cada peso del FIDETURE? ¿Dónde las voces que exigían transparencia? Las joyas de la corona están empañadas: las «Noches de Kukulkán» en Chichén Itzá no tienen fechas; «Pasos de Luz» en Dzibilchaltún se desvaneció; las grutas de Loltún y Balamcanché siguen cerradas por «temas estructurales» y el parador de Uaymitún languidece en el limbo burocrático. El turista, ese que no entiende de pleitos entre el INAH y el Estado, solo llega y encuentra la puerta cerrada.

Los viejos operadores del PRI suspiran recordando al ex gobernador Víctor Cervera Pacheco. En aquellos tiempos, la inoperancia de un parador estratégico no se resolvía con un boletín de prensa, sino con la salida inmediata del responsable. Cervera entendía que el turismo no era un adorno, sino la cara de Yucatán ante el mundo.

Hoy, la ferocidad de antaño se ha transformado en una pasividad que raya en la complicidad. El orgullo localista se sacia con ver nombres yucatecos en el organigrama, aunque los paradores se caigan a pedazos y la promoción agresiva sea cosa del pasado. Queda en el aire una pregunta incómoda: ¿la crítica de antes era por el bien del turismo o una pataleta porque la funcionaria no los dejaba meter mano en el cajón? ¿Es ahora miedo a la represalia o simple conformismo regional? Lo dejo de tarea.

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