Una amiga envió una foto de un sacapuntas en una institución merideña e inmediatamente vinieron los recuerdos. De aquellos sacapuntas que estaban en las mesas de las maestras en la escuelita. Esos objetos que servían para sacarle punta a los lápices para escribir. Hay jóvenes que desconocen lo que para uno era lo cotidiano: escribir con letra corrida, sacar punta, leer de un libro de lecciones. Esas actividades que sirvieron en el proceso de aprendizaje. En una oportunidad, invitaron en un liceo a dar clases de gastronomía. Se ubicaron en la biblioteca. La clase se dividía en dos partes, una académica y de información, y después se enseñaba algo del mundo de la cocina. Una de las tareas asignadas consistió en entregarle a los estudiantes un tomo de diccionarios, para que buscaran palabras relacionadas con la comida. Los muchachos mostraron desgano y desconocimiento de cómo usar un diccionario. Una joven muy fastidiada, cada rato decía que no encontraba y al final tuvo que hacerlo. A la siguiente clase, llegó con una botellita de vainilla, que sus padres regalaban y el agradecimiento por haberles asignado esa actividad a los estudiantes. Así como el diccionario, el sacapuntas son objetos de la infancia, de nuestros recuerdos. Quizá todo tenga la promesa del olvido. Tal vez, desde que se nace, está determinado que en algún momento seremos recuerdos difuminados.